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Foto em paisagem de uma carta manuscrita em espanhol sobre uma mesa de madeira, com envelope à esquerda e caneta-tinteiro à direita

Los hermanos que la Historia eligió:
la fraternidad latinoamericana

Durante muchos años de mi infancia, la idea de fraternidad nunca estuvo limitada a los vínculos de sangre. Había un hombre cuya llegada era esperada en nuestra casa con la naturalidad reservada a los parientes más cercanos. Cuando cruzaba la puerta, no era recibido como un visitante. Era recibido como alguien que siempre había pertenecido a la familia.

Se llamaba Gustavo Fernández Saavedra. Para el mundo, llegaría a ser uno de los grandes diplomáticos bolivianos, canciller de su país en diferentes momentos de su historia y una de las voces más respetadas de la integración latinoamericana. Para mí, sin embargo, era simplemente Toto.

Durante muchos años ni siquiera comprendí que no existía entre él y mi padre ningún parentesco biológico. Se trataban como hermanos. "Mi querido hermano", así se llamaban.

Hoy comprendo que aquella forma de tratarse decía mucho más que cualquier árbol genealógico. Era la expresión de una fraternidad construida por la vida, por las ideas, por las dificultades compartidas y por un sueño común de América Latina.

Poco a poco fui comprendiendo que aquel vínculo no era una excepción. Formaba parte de toda una generación de hombres y mujeres que creía que nuestras fronteras nacionales eran menores que nuestra comunidad de destino.

Mi padre vivió el exilio después del golpe militar de 1964. Fue detenido varias veces antes de abandonar Brasil y reconstruir su vida en el Perú. Fue allí donde profundizó una pasión que lo acompañaría durante el resto de su existencia: la cultura andina.

Hablaba quechua con fluidez. Más aún, pensaba el mundo también a través de la cosmovisión de los pueblos andinos. Hoy sé que las cartas intercambiadas entre él y Toto estaban escritas en quechua.

Ese detalle, aparentemente pequeño, quizá diga más sobre aquellos hombres que largos discursos sobre la integración latinoamericana. Podrían haber elegido el español. Podrían haber escrito en portugués.

Eligieron, sin embargo, una de las lenguas vivas más antiguas de América del Sur. No era solamente un idioma. Era una forma de reconocer que la identidad latinoamericana no comenzaba en los Estados nacionales, sino mucho antes que ellos.

En aquellos mismos años, José María Arguedas ocupaba un lugar central en la vida intelectual peruana. Mi padre siempre habló de él con profunda admiración.

No conservo un recuerdo lo suficientemente nítido que me permita describirlo personalmente, pero su presencia siempre perteneció a la memoria de nuestra familia. Hoy, al conocer mejor el ambiente académico de Lima de aquellos años y la profunda identificación de mi padre con la cultura quechua, ese recuerdo adquiere un significado aún mayor. Arguedas fue, quizás, uno de los mayores intérpretes del alma andina.

Rechazaba la idea de que el Perú estuviera dividido entre dos mundos inconciliables. Veía en la cultura indígena no un vestigio del pasado, sino una fuerza viva, capaz de dialogar con la modernidad sin perder su identidad.

Mi padre parecía compartir esa misma convicción. Mucho tiempo después, otro testimonio ayudaría a iluminar aquel universo que yo apenas intuía cuando era niño.

José “Pepe” Mujica recordó públicamente los años en que jóvenes uruguayos acogían a brasileños perseguidos por la dictadura y describió la red de solidaridad que se formaba entre intelectuales, antropólogos, educadores y exiliados latinoamericanos. Al hacerlo, mencionó el ambiente en el que Darcy Ribeiro convivía con importantes antropólogos uruguayos y otros pensadores del continente. Su relato reveló que aquellos encuentros no eran episodios aislados.

Existía una verdadera comunidad intelectual latinoamericana. Una red construida menos por instituciones que por personas. Menos por tratados diplomáticos que por confianza. Menos por intereses que por amistad. Quizá esa haya sido la primera forma de integración latinoamericana.

Antes de existir como proyecto político, ya existía como experiencia humana. Existía en las casas. En las conversaciones. En las universidades. En las cartas. En las comidas compartidas. En la hospitalidad ofrecida a los perseguidos. En la circulación de libros. En la convivencia entre hombres que creían pertenecer a un mismo destino continental.

En ese universo, Darcy Ribeiro ocupa un lugar singular. Solemos recordarlo como antropólogo, educador, senador, ministro o escritor. Todo eso es cierto. Pero quizá su mayor contribución haya sido otra. Darcy comprendió que una civilización no se construye solamente con ideas. Se construye mediante amistades capaces de transformar las ideas en instituciones.

Hay intelectuales cuya principal obra son los libros que escribieron. Darcy perteneció a la rara categoría de aquellos cuya mayor obra quizá hayan sido las instituciones que ayudó a crear. Universidades. Centros de investigación. Museos. Proyectos educativos. Espacios destinados a seguir produciendo pensamiento cuando él mismo ya no estuviera presente. Quizá por eso su obra continúa siendo tan actual. Nunca separó el conocimiento de la responsabilidad.

Mientras recuerdo estas historias de mi infancia, percibo que han dejado de ser apenas recuerdos familiares. Se han transformado en parte de la historia de América Latina.

Cuando era niño, creía que Toto era simplemente un tío. Hoy comprendo que representaba mucho más que eso. Representaba a una generación que creía que la amistad también podía ser una forma de hacer política. Que la cultura podía acercar a los pueblos. Que la educación podía unir a los países. Que una lengua indígena podía convertirse en el idioma de la fraternidad entre un brasileño y un boliviano.

Quizá haya sido esa convivencia la que me llevó, muchos años después, a comprender de manera aún más profunda el pensamiento de Darcy Ribeiro.

A lo largo de los últimos años, he tenido el privilegio de participar en la creación del Distrito Académico y Científico Latinoamericano, reuniendo universidades como la USP, la Unicamp, la Unesp y el Memorial de América Latina en torno a un proyecto común. Paralelamente, nació el Centro de Educación Superior Darcy Ribeiro, del cual tengo el honor de ser socio fundador y primer rector.

Muchas veces me preguntan por qué insistir en la creación de nuevas instituciones. Hoy creo conocer la respuesta. Porque fue exactamente eso lo que aprendí observando a aquellos hombres. 

Darcy, Arguedas, Toto y tantos otros comprendieron que la integración latinoamericana no podía sobrevivir únicamente como discurso. Necesitaba adquirir forma. Necesitaba convertirse en universidad. Necesitaba convertirse en investigación. Necesitaba convertirse en intercambio. Necesitaba convertirse en convivencia. Necesitaba convertirse en futuro.

Cuando pienso en mi padre y en Toto, ya no veo solamente a dos grandes amigos. Veo dos biografía…

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